sábado, 15 de septiembre de 2012

A mi, o yo a el, o ambos...


Estaba sumergido más o menos hasta el pecho, sin embargo mis pies no tocaban el fondo y no  requería hacer esfuerzo alguno para mantenerme a flote. Hasta ahora que intento describirlo me doy cuenta que esta situación venía natural para mí, jamás intente nadar, ni siquiera recuerdo haber sentido miedo o desesperación. Solo me dejaba llevar por el agua sintiendo una extraña sensación de tranquilidad.

El techo del canal era alto y se unía a las paredes como un gran arco de piedra. La textura de las paredes daba la impresión de que el canal era natural, las únicas señales de participación humana eran los focos que, incrustados en  la piedra se extendían a lo largo del canal y se perdían en horizonte. Pese a que la separación entre cada foco no era demasiada, la luz que cada uno emitía no tocaba la de los otros focos por lo que cada uno parecía la luz de una pequeña vela rodeada totalmente de oscuridad.

Aunque tenue, la iluminación era suficiente para ver la superficie del agua extenderse a la par de la hilera de focos, creando una escena que me hacía sentir totalmente sólo en el universo del canal. Ahora que lo pienso, es posible que esta sensación de soledad fuera la fuente de la tranquilidad que sentía.

Finalmente el horizonte cambió y del infinito surgió un pequeño punto negro que poco a poco se acercaba a mi, o yo a él, o ambos. A la distancia se apreciaba que aquel objeto estaba apenas por debajo de la superficie del agua y parecía moverse mientras se acortaba la distancia y su forma poco a poco comenzaba a definirse.

Era un pulpo, un pulpo morado del tamaño de un pulpo. Curiosamente, cuando finalmente logré identificar de qué se trataba, la velocidad con la que se acercaba a mi (o yo a él o ambos) se redujo. Como si estuviera nadando hacia mí contra corriente y de repente hubiera decidido detenerse, quedando sólo la velocidad de la corriente que me arrastraba, lo que acortaba distancias entre el pulpo y yo.

Mientras me acercaba a él, mi nuevo acompañante permanecía inmóvil exactamente en el centro del canal. Ya había sacado la cabeza del agua y parecía estarme mirando, digo parecía porque nunca pude ver sus ojos. Sus tentáculos se movían como serpientes bajo el agua dando la impresión de que él sí estaba realizando un esfuerzo por mantenerse a flote.

Me acercaba cada vez más, estaba ansioso por conocerlo. Pese a que la soledad me tranquilizaba sentía una cierta emoción por conocer a quien parecía ser mi único acompañante en el infinito. El pulpo continuaba inmóvil frente a mi y yo avanzando hacia el. Eventualmente me di cuenta que, de mantener mi trayectoria el impacto era inevitable. Intente detenerme, nadar hacia el lado opuesto, hacerme a un lado, pero la corriente me seguía llevando directamente hacia el.


Escaso medio metro antes de la colisión me detuve. No se detuvo la corriente, solo me detuve yo. Al igual que el pulpo, permanecí inmóvil mientras el agua fluía a mis costados, como si estuviera anclado por una cadena invisible encajada en el inescrutable fondo del canal.

Sin advertencia alguna, el molusco sumergió su cabeza y dando un veloz giro sacó sus tentáculos por encima del agua, quedando estos serpenteando frente a mi.

Esta acción pudo fácilmente ser interpretada como un acto defensivo, una amenaza por mi presencia, así como un perro te muestra sus colmillos en señal de advertencia. Pero aparentemente yo no lo tome así y, manteniendo la tranquilidad que aquel lugar me otorgaba, extendí mi mano en su dirección y dije:

- ¡Hola Señor Pulpo!

Con un movimiento tan rápido y preciso que no me permitió reaccionar, el pulpo envolvió mi mano extendida con uno de sus tentáculos. Como si fuera un látigo, su tentáculo se extendió hasta mi antebrazo apretandolo con una fuerza tal que.. envuelto en pánico, desperté.